Domingo represivo desde la acera

31-de-julio-2016Vimos la primera patrulla semanal el viernes 5 de agosto antes del mediodía. Seguramente había muchas más. No bastándole a los órganos represivos con las cámaras policiales y los chivatones de barrio, apostaron sus carros operativos de vigilancia en las calles aledañas a la sede del Movimiento Damas de Blanco más temprano esta semana.

Se ha hecho costumbre cada fin de semana en la barriada de Lawton donde habito, la presencia desagradable de autos patrulla con policías y uniformados del Ministerio del Interior (MININT). Personas ajenas al barrio, deambulan o se sientan en las esquinas como si no tuvieran algo mejor que hacer con su tiempo. Los oficiales vestidos de civil, con sus motos marca Suzuki, parecen multiplicarse. Sigue leyendo

“¡Lo único que nos hace falta son dos entierros!”

almendronMás agudo que la escasez de casi todo en Cuba, el problema que nunca ha sido resuelto y no tiene visos de resolverse es el del transporte público

LA HABANA, Cuba. -Más agudo que la escasez de casi todo en Cuba, el problema que nunca ha sido resuelto y no tiene visos de resolverse es el del transporte público.

Dicen que antes de 1959, las guaguas de la capital demoraban entre 2 y 4 minutos en pasar, que en raras ocasiones venían llenas, sin asientos disponibles.

No viví esa época. Mi experiencia personal, al igual que la de millones de cubanos nacidos después del triunfo de la revolución, es de ómnibus sucios, atestados, y que pueden demorar en pasar por la parada lo mismo quince minutos que más de una hora.

En la parada ubicada en el Parque Dolores, ubicado en la avenida del mismo nombre, en la barriada de Lawton, municipio capitalino Diez de Octubre, hace unos días escuché a las siete de la mañana, el siguiente diálogo entre el chofer de un ómnibus atestado de la ruta 69 y una inspectora estatal.

-¡Oye! ¿Qué pasó? Estás atrasado y no puedo con la gente- dijo la inspectora.

– Hay tres guaguas rotas y esto no da pa’ más. ¡No puedo cargar ni uno! Me voy…

El chofer arrancó, partió y lo hizo entre los insultos y denuestos de los pasajeros que quedaron frustrados en la parada.

Recientemente esa parada estuvo sin inspectora durante un tiempo, lo que aumentó las posibilidades de que el ómnibus no se detuviera en la parada, incluso, sin estar excesivamente lleno.

Los argumentos que desde las esferas oficiales se dan para tratar de explicar y justificar lo anterior inexorablemente se basan en el embargo norteamericano y sus efectos en el transporte. No se dice que la desorganización y la administración torpe y deficiente que el estado impuso, solo aporta lo único posible: otro desastre más en la lista.

Como paliativo aceptado, aunque tolerado con reservas, aparecieron los boteros. Estos, aunque constituyen la solución salvadora, -limitaciones aparte- la pasan mal. Pero bueno, en Cuba la pasa mal todo el pueblo.

Los almendrones, esos automóviles norteamericanos, muchos con más de 60 años de uso ininterrumpido, son la prueba viviente y actuante de las infinitas posibilidades que el ser humano puede desplegar para sobrevivir.

En la convivencia forzada en estos almendrones, se desarrollan interesantes tribunas espontáneas de opinión, en que el gobierno siempre sale muy mal parado. Si quiere oír opiniones espontáneas contra el gobierno, invierta diez pesos y aborde un botero.

En un almendrón escuché a un pasajero dar una opinión que cerró todo un ciclo de intercambios: -Lo único que nos hace falta son dos entierros y a la bomba cochero. ¡Que se mueran los dos y resolvemos!

Dos pasajeros asintieron con movimientos de cabeza. El chofer, un hombre de unos 60 años, quedó silencioso. Luego de bajarse los otros pasajeros, me dijo con expresión preocupada: –Uno no está para buscarse problemas. Tú no sabes quién se monta en el carro…

Más allá de las soluciones técnicas innovadoras, los boteros se las arreglan para sobrevivir frente a inspectores y policías corruptos. Lo hacen frente a la desidia de quienes no quieren ver un problema en el transporte público, porque tienen carro. Primero fueron Alfa Romeo, luego Ladas y en la actualidad, Peugeot o Geely de factura china. Ellos no tienen problemas de transporte y desde su óptica, el problema está en vías de resolverse. “Están trabajando en base a eso”, como dicen.

Cuando era niña escuchaba a mis mayores hablar de que todo estaría resuelto cuando el metro de La Habana fuera construido. Lo único que quedó de todo aquello han sido los huecos, que se sumaron a los que cavaron para la guerra que nunca fue, porque de metro o ferrocarril subterráneo no hubo nada. Todo quedó así, en la nebulosa de aquellos planes quinquenales que nunca llegaron a parte alguna y que dieron al traste con aquel inservible “socialismo real”, que tanto costó a tantos, mientras duró en Europa del Este.

El transporte público logró durante el Periodo Especial lo que nadie pensó que pudiera ser posible: que todo empeorara más. Nos demostró que en Cuba todo puede empeorar. El límite para lo peor aún no está establecido. Así será, mientras gobiernen los mismos que lo han hecho durante las últimas cinco décadas.

Quizás con mucho optimismo podría servirnos de consuelo lo que dijo un periodista oficialista para resaltar los “logros” del sistema educacional: que en Cuba se veían los taxistas de mayor nivel educacional del mundo. Decía: “Usted puede ser conducido por un economista, un abogado, un ingeniero o un médico altamente calificado”. Todo visto como un logro o una conquista de la revolución.

En igualdad de condiciones con el problema por antonomasia para el gobierno castrista, el desayuno, el almuerzo, y la comida, el otro lugar de honor lo ocupa el transporte público. Es otro problema sin solución. Por supuesto, también por culpa del ‘bloqueo’ yanqui.

anatorricella@gmail.com

Votaron para que todo siga igual

Mi vecina Nelly, cuando supo que no fui a votar y le volví a aclarar que no quiero irme de Cuba, me dijo: “¡Ustedes, los periodistas independientes y los disidentes se van a quedar solitos con los factores! ¡Qué va, hay que irse, no hay más ná!”

eleccionesLA HABANA, Cuba. — El domingo 19 de abril los que votaron en las elecciones de delegados municipales del Poder Popular lo hicieron bajo la compulsión  acostumbrada. Votaron, quiéranlo o no, para que todo siga igual y con “la misma gente”. O sea, “esta gente”, como dicen muchos cubanos para referirse al régimen.

A la mayoría no le importa la votación. Sus más caros y preciados intereses son la comida y el dinero necesario para adquirirla.

Tengo unos vecinos que viven en una miseria de espanto. La más joven, que era muy bella, consiguió casarse con un italiano y se mudó para Génova. Hace unos años, cuando vino de visita a Cuba, compró regalos y les trajo  euros. Pero  esa familia no usó ese dinero para comprar muebles ni arreglar la desvencijada vivienda: lo usó para comprar un equipo de música.  En la actualidad, mitigan el hambre  con música atronadora, que escuchan mientras beben ron o cualquier alcohol  barato.

A menudo sacan las bocinas para el portal. Para que se sienta la música en todo el barrio. Las sacan cuando es el cumpleaños de alguno de ellos, el Día de las Madres, el fin de año o cualquier día que hay algo que celebrar. Y también cuando hay alguna fiesta de la revolución o eso que llaman elecciones.

El pasado domingo, ya desde antes del mediodía, mis vecinos sacaron las bocinas y pusieron la música. Si es que a eso se le podía llamar música. Ellos fueron de los primeros en votar. “Para salir rápido de esa mierda”, me comentaron. Votaron por cualquiera de los candidatos. Les daba lo mismo. Después terminaron el día con reguetón y alcohol barato.

Mis vecinos hablan horrores de “esta gente”, dicen que no le deben agradecimiento alguno, pero no se señalan dejando de votar y exigen cada vez que las necesitan para algo, las certificaciones de recomendación que otorga  el CDR a “los que cumplen  con las tareas de la revolución”.

La compulsión, la extorsión y el chantaje, son los mecanismos para disponer de  membresía masiva en los CDR, la FMC, la CTC y las demás organizaciones oficialistas que él régimen presenta como “sociedad civil”. La represión, siempre presente, completa el cuadro de la unanimidad necesaria.

Ese fue el panorama del domingo 19 de abril en las circunscripciones abiertas a los comicios convocados para delegados de las asambleas municipales a lo largo de toda Cuba.

Las biografías de los candidatos estuvieron con los errores ortográficos de costumbre a la vista de todos sin que a casi ninguno les interesara leerlas. Quizás con un poco de más discreción que en otras oportunidades, los PC (personas de confianza del partido único)  indicaron por quien se debía votar.

Según las cifras oficiales iniciales, votó el 85% de los electores inscritos. Luego rectificaron y aumentaron un poco: 87,30%.  Suponemos que el verdadero porciento de abstención haya sido bastante más elevado. Ya el gobierno no se atreve a hablar de más del 97 % de participación, como hacía hasta hace unos años.

Que haya de un 13 a un 15% de abstención puede resultar normal en otros países, pero en Cuba es bastante significativo: aquí solo dejan de ir a votar los que están abiertamente en contra del régimen.

No responder a la convocatoria a la votación implica pérdidas que no todos están dispuestos a asumir. Quien trabaja para el estado patrón, omnipresente, omnipotente y omnisciente, puede perder el empleo. Quien sea cuentapropista puede perder su licencia. Quien viva en el limbo de la ilegalidad tolerada, como los listeros de bolita o los vendedores de algo sustraído por alguien, tendrá que enfrentar a la policía.

En estos términos, lo mejor es ir temprano a votar y no buscarse problemas.  “¡Total, si todo va a seguir igual!”, es el consenso general. Nadie quiere buscarse problemas y no acudir a las urnas es ciertamente buscarse gvotarrandes y muy serios problemas.

Mi vecina Nelly, cuando supo que no fui a votar y le volví a  aclarar que no quiero irme de Cuba, me dijo: “¡Ustedes, los periodistas independientes y los disidentes se van a quedar solitos con los factores! ¡Qué va, hay que irse, no hay más ná!”

Se trata de una verdad desoladora. Especialmente si se trata de jóvenes. Como Nelly. Casi ningún joven tiene planes  para el futuro en Cuba. Todos aspiran a irse. A cualquier sitio. En avión o en balsa, con pasaporte o sin él. No quieren más compartir el aire con “esta gente” que no deja vivir. Mucho menos traer hijos a este ambiente viciado. Entonces, Cuba languidece, envejece, se muere de inmovilismo.

El domingo 19 de abril  se votó para que todo siga igual, lo que no solo quiere decir mal, sino peor.

anatorricella@gmail.com

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Educación musical

Muchachitas entre 9 y 14 años bailaban en la esquina de su casa con gestos obscenos, entonaban a toda voz la letra vulgar de un reguetón. Algunos vecinos miraban con disgusto y vergüenza la diversión de las chicas. Ninguno se percató de la “pieza musical” durante todo el tiempo que se reprodujo a todo volumen en el barrio, para disgusto de la mayoría de sus habitantes. anatorricella@gmail.com

Calidad recuperada

El sábado 6 de junio en la panadería, la clienta sorprendida le dice a la dependienta que sonríe con amabilidad:

– No sé qué ocurrió, si les cambiaron la harina o les dieron más grasa pero esto sí es pan. Qué bueno está.

Lamentablemente dos días después, había recuperado su calidad habitual.